LA CARACTERIZACIÓN DEL TIEMPO EN UNA OBRA NARRATIVA

Tanto en la vida que llamamos real como en la ficción hay siempre un dónde y un cuándo; lo que sustenta, por regla, un espacio y un tiempo en el que se desenvuelven los hechos. Tanto uno como otro pueden estar determinados o no, pero cierto es que son dos categorías inseparables. En la presente ocasión abordaremos, concretamente, el problema del Tiempo: esa forma particular en que hasta objetos inanimados están sometidos a cambios que casi siempre resultan significativos. Pero cabe destacar, a su vez, una diferenciación: el Tiempo no se comporta siempre de la misma manera; pues funciona bajo leyes y condiciones particulares que obedecen al argumento o historia narrada. Esta suele ser una de las cuestiones más abstractas del arte de narrar, pero no imposible de captar su esencia.

Tiempo cronológico y tiempo sicológico

Lo primero que debemos saber es que hay dos clases de tiempos: el tiempo cronológico, que es un tiempo ordenado de principio a fin, muy parecido al de nuestra vida real, y otro llamado tiempo sicológico, que puede ser discontinuo, fraccionado y sin una secuencia lógica; es decir, el transcurso del tiempo planteado en forma de rompecabezas. El tiempo cronológico muestra la realidad narrativa en un orden: 1, 2, 3, 4, 5; en cambio, el tiempo sicológico muestra la realidad narrativa en secuencias aleatorias o desordenadas: 3, 1, 4, 2, 5.

La cuestión del aparente desorden del tiempo sicológico es que su naturaleza puede ser la del recuerdo, la evocación o la recreación paralela de sucesos distantes. El tiempo cronológico o lineal suele utilizarse de un modo convencional, o común; pero el tiempo sicológico, por su naturaleza, suele ser el más usado en las ficciones modernas. Sobre todo porque expresa la complejidad de la conciencia y la forma en que uno o varios individuos son capaces de percibir o relatar sus propias vidas. Su apariencia de rompecabezas destruye, convenientemente, la noción de lo predecible en la imagen mental que de una determinada trama se hace el lector; lo que potencia el factor sorpresa y hace que se involucre con un conjunto de hechos a los que él es capaz de dar sentido. El tiempo cronológico propone los hechos en una secuencia que da la idea de lo acabado; sin embargo, el tiempo sicológico hace de la ficción un hecho participativo en donde el curso de los sucesos narrativos no es impuesto, sino propuesto. El tiempo cronológico no contiene mayores complejidades: solo se debe narrar un hecho de principio a fin, teniendo en cuenta las conexiones lógicas en las progresiones que le conforman. En cambio, el tiempo sicológico puede darse por paralelismo o condensación.

Movimiento e intensidad en el abordaje del tiempo

Cuando hablamos de paralelismo, me refiero a historias que, unidas por un hilo conductor común, se narran de forma paralela; ya sea dejando espacios considerables en una misma página o alternando capítulos que transcurren en una realidad u otra, siendo esto último aplicable para el caso de una novela.

Por ejemplo, si se trata de una obra, donde se busca un libro sagrado de gran valor tanto mágico como por su antigüedad, unas escenas pueden transcurrir en la actualidad, con dicho libro como obsesión de búsqueda para un joven arqueólogo que acaba de graduarse; mientras otras, en el momento remoto en que fue escrito el libro, que bien puede ser durante la Edad Media, el Renacimiento o cualquier época en que consideremos significativo ambientar tales sucesos. A eso llamaríamos paralelismo: dos o más tramas ambientadas en distintas secuencias temporales, pero siempre —y en esto insistimos— vinculadas por un mismo hilo conductor; es decir, que tengan un elemento de interés común para el lector.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el gran relato de Julio Cortázar titulado «La noche bocarriba», donde un motorista accidentado, mientras se recupera en un hospital, tiene extraños sueños con un guerrero azteca que es perseguido por sus enemigos para ofrecerlo en la piedra de sacrificios a alguna divinidad. En el relato se mezclan de manera sutil ambos tiempos; por un lado, el del motorista convaleciente, ubicado en un tiempo y espacio claramente contemporáneos, y por otro el del guerrero azteca que intenta escapar en medio de una selva tupida, en una época indeterminada; pero, quizás, anterior a la conquista española de América. Esa coexistencia de tiempos y espacios le otorga un encanto singular al relato, una magia y un dinamismo imposibles para un tiempo de narración cronológico. A continuación, proponemos un fragmento del cuento que ilustra nuestra tesis, recordando siempre que examinar las obras de los grandes maestros es el mejor de los ejercicios para un escritor:

Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada». Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. 

La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. 

Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. (Cortázar, 2016, p. 149)

En este caso, debe advertirse la manera sutil en que se funden ambas realidades; la transición apenas perceptible entre un tiempo y otro: ahí radica la novedad en el manejo del tiempo, al lograr que dos realidades ajenas o distantes desde el punto de vista temporal deparen la apariencia de lo complementario y lo interdependiente. Por otra parte, lo que llamamos condensación se da cuando el tiempo narrativo transcurre en una secuencia o duración imposible para el tiempo real. En este caso ocurre como en un sueño: un sueño que, psíquicamente, consideramos largo por la cantidad de sucesos que contiene; pero que en tiempo real solo dura unos pocos segundos.

La condensación del tiempo sirve para dar al lector la visión de hechos dilatados que ocurren en una mínima secuencia temporal y cuyo procedimiento es propio, casi siempre, de relatos o novelas de orden fantástico. Tal es el caso de El milagro secreto, del célebre narrador argentino Jorge Luis Borges. Se trata, en este caso, de un dramaturgo checo llamado Jaromir Hladík, que es condenado a muerte por las fuerzas de ocupación nazi en Praga y, mediante una súplica a Dios, el escritor pide se le conceda un año para terminar una obra dramática titulada Los enemigos.

Llega por fin el día y el momento exacto de la ejecución: la descarga del pelotón de fusilamiento se efectúa, pero en esta milésima de segundo el tiempo físico se detiene y transcurre un año; plazo en que Hladík, en un plano mental, concluye la obra e incluso asiste a su estreno. Su muerte sucede de forma inevitable, pero en esa condensación extrema del tiempo, le es concedida la gracia de poder terminar su obra conforme a lo que él tenía previsto. El fragmento, que a continuación se propone, ilustra la situación de una manera mucho más convincente que cualquier acercamiento interpretativo:

Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro «día» pasó, antes que Hladík entendiera. Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud. (Borges, 2009, p. 86)

En todo caso, el manejo del tiempo debe ser un elemento que, para mayor conveniencia, debemos planificar en detalle, y para ello es necesario que tengamos muy claro nuestro argumento y sus puntos de giro. Ya sea que manejemos el tiempo cronológico o sicológico, hay un elemento final que sugerimos de especial manera tener en cuenta: ¿desde qué tiempo, respecto a los hechos, cuenta la historia nuestro narrador?, ¿se narra en presente continuo, es decir, de forma simultánea a lo que ocurre, o desde su presente al mirar el pasado en forma de retrospectiva?

El tiempo, en cualquiera de sus variantes, es un elemento del relato que se ajusta a la lógica y realidad del mismo. Cada composición narrativa es una pieza en particular y el uso del tiempo debe estar en consonancia con esa singularidad. Existen argumentos que se pueden narrar solo a través de un tiempo lineal y otros que bajo esta técnica podrían parecer en extremo aburridos o predecibles.

Resulta de vital importancia, entonces, que desarrollemos nuestro olfato narrativo para determinar dónde es posible y adecuado realizar una acrobacia con el tiempo y dónde no sería aconsejable hacerlo bajo ningún concepto. El desafío de narrar implica audacia, experimentación y voluntad de persistir. El mundo está lleno de historias, pero nosotros decidimos cómo contarlas.

BIBLIOGRAFÍA

Borges, J. L. (2002). Páginas Escogidas. La Habana: Casa de las Américas.

Cortázar, J. (2010). Bestiario. Madrid: Punto de lectura.

Heras, E. (Comp.). (2002). El desafío de la ficción. La Habana: Abril.

García Jiménez, J. (1994). La imagen narrativa. Madrid: Paraninfo.

Lukács, G. (1974). Teoría de la novela. Madrid: Grijalbo.

Vargas Llosa, M. (2005). La verdad de las mentiras. Barcelona: Seix Barral.

Autor: Mgtr. Yosbany Vidal García

Afiliación:  ISM International Academy, Ecuador

Edición: Octubre de 2019

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