CRÍTICA DE LA CRISIS Y CRISIS DE LA CRÍTICA

El sustantivo “crítica” y el verbo “criticar” se emplean cotidianamente con la acepción de “hablar mal de alguien o de algo”, y su uso es tan generalizado que se llegó incluso a formar el término de “autocrítica” para denotar esa suerte de autoflagelación en la que nos hacemos añicos a nosotros mismos pública o íntimamente. Sin embargo, también estamos familiarizados con el término “crítica” en el sentido de analizar algo con cierta profundidad y de evaluarlo, dado que a diario consumimos, ya sea a través de Internet, de la prensa, de la televisión o de la radio, esa crítica que se dedica a reseñar distintos tipos de eventos sociales, como conciertos, espectáculos circenses, encuentros deportivos, festivales, comic-con, películas. Y todas estas reseñas, por lo general, ofrecen algún tipo de análisis y determinada valoración del evento que cubren. Es más, todos practicamos continuamente la crítica, porque todos nos vemos precisados a analizar y juzgar constantemente, aun cuando solo sea para ordenar nuestra casa. Ya lo dijo Jorge Luis Borges, “ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el acto de la crítica”.

Ahora bien, en qué consiste ese “acto de la crítica”.

Empecemos entonces por el principio, es la manera más sana de empezar. Hagamos un breve recorrido por el origen y la historia del término “crítica”. La palabra “criticar” no viene directamente del verbo griego krinein, que significa ‘separar’, ‘decidir’, sino que se forma en la lengua romance a partir del vocablo “crítica”, el cual viene del latín criticus, que en la medicina designaba al estado peligroso o decisivo de un enfermo, mientras que, en filología, tal y como lo usaron Cicerón y Horacio, designaba al que es juez de las obras del espíritu. En su forma neutra plural critica, designa a la filología crítica, y así lo usó Petronio. El adjetivo “crítico”, por otra parte, es un préstamo del griego kritikós, que significa ‘capaz de juzgar’ o ‘relativo a un juicio’. Este a su vez deriva de crisis, que entre otras cosas significa ‘juicio’ o ‘etapa de decisión’, y que es la acción del verbo krinein.

Al parecer, la primera vez que se utilizó el equivalente griego del término crítico fue para referirse a Filetas de Cos, poeta y filólogo griego que murió en el año 285 a. C. tratando de resolver la paradoja del mentiroso. Las Glosas Desordenadas de Filetas, que debieron su título al hecho de no estar ordenadas alfabéticamente, dieron comienzo a la erudición crítica alejandrina.

Es decir, desde la antigüedad clásica podemos constatar que, aunque no existiera la profesión de crítico de arte tal y como la conocemos hoy, el término crítica se ligaba tanto a las ideas de descripción e interpretación como a la idea de valoración de las obras artísticas, y todo esto con un carácter de mediación entre la obra y el público. La crítica, incluso, llegó a asumirse en determinados momentos como una autoridad que sancionaba y legitimaba el arte. Es decir, la concepción básica de la crítica que aprovecha la crítica de arte a partir del siglo XVIII ya estaba formada. Faltaba la instauración como género y su profesionalización.

Parafraseando a Barthes, ¿qué puede ser la historia de la crítica de arte sino la historia de la idea misma de crítica? El único requisito que debe observar la crítica es la sistematicidad.

Asumiendo la crítica de arte, entonces, como una práctica histórica y escritural, y como una profesión que se define en el siglo XVIII acompañando la nueva situación que se da en el arte, hasta qué punto puede hablarse de una crisis de la crítica de arte, entendida esta crisis como agotamiento y final —“muerte”—, o si más bien se trata de un momento de cambio, y de ser así en qué consiste este cambio.

Existe un consenso bastante amplio entre los especialistas —críticos, historiadores y teóricos del arte— sobre el hecho de que la práctica de la crítica de arte sufre una crisis en la actualidad. El crítico inglés Terry Eagleton, por ejemplo, llega a decir que “hoy en día la crítica carece de toda función social sustantiva” (Eagleton, 1999); lo cual, si todavía no es un obituario, ya decreta una agonía. Y los hay incluso que llegan a anunciar su desaparición, si no como práctica escritural, sí como profesión, de la misma manera que muchas veces antes se ha hablado de la “muerte del arte” en una infeliz malinterpretación de esta concepción hegeliana.

Algo curioso resulta el hecho de que al mismo tiempo que se habla de esta crisis, ya sea como agotamiento o agonía, el mundo conoce una producción crítica como nunca antes, tanto en los medios tradicionales (la prensa escrita, las revistas especializadas, los catálogos de exposiciones; luego en la radio y la televisión) como en los nuevos medios de difusión masiva de la era digital. Se justifica esta paradoja con el argumento de la falta de efectividad y del escaso valor teórico de la producción actual de la crítica de arte.

Dado que la misma producción artística se encuentra en un momento de cambio (irrupción de nuevos medios —blogs, redes sociales y plataformas de difusión—, nuevos discursos, “comodificación” del arte, etc.), la crítica de arte, cuyo objeto es siempre el arte contemporáneo, a diferencia de la Historia del arte, consecuentemente también debería hallarse inmersa en un momento de cambio.

La necesidad, y, por tanto, la existencia misma de la crítica de arte, parece estar en disputa. Desde los mismos inicios de la profesionalización de la crítica de arte se ha podido cuestionar el discurso de un crítico de arte, de una determinada institución, más aún cuando ha pretendido normar el discurso crítico, pero no la existencia misma de la crítica. La producción artística y la recepción del arte más que necesitarla la presuponían.

De que el ejercicio de la crítica de arte pasa por un momento “crítico” no parece haber dudas: son las conclusiones de la inmensa mayoría de los especialistas. Fueron las conclusiones, por ejemplo, del pasado Congreso Internacional de la AECA (junio, 2018).

Ahora bien, resulta necesario determinar en qué consiste esta tan cacareada “crisis”. ¿Acaso se está hablando de la condición natural de la crítica de arte? Bien mirado, la crítica de arte siempre ha estado en crisis. Y no podía ser de otra manera: su objeto es la producción artística que le es contemporánea.

Convengamos algo: toda obra de arte propone un acto de comunicación, lo cual implica esencialmente a un emisor, un receptor, un mensaje, un canal, un código y un contexto. Ese artefacto ante el que nos colocamos tiene una intención comunicativa, necesita de un interlocutor. Se debe entender que toda lectura, toda puesta en funcionamiento de ese artefacto, responde a una situación comunicativa concreta. Es en esta pragmática, en las relaciones del receptor con la obra, que se activa su mecanismo de producción de sentidos.

Por tanto, diferentes situaciones comunicativas, tanto en diacronía, es decir, en diferentes momentos históricos, como en sincronía, en el mismo momento histórico, pero con diferentes receptores, activarán el mecanismo de producción de sentidos de la obra artística de una manera peculiar.

Ahora bien, la tarea del crítico de arte es tratar con el arte contemporáneo, y así debe lidiar tanto con variaciones de un mismo discurso como con la irrupción de nuevos discursos. A diferencia del historiador de arte, el crítico debe describir, interpretar y juzgar un hecho, artístico que, cuando no es del todo novedoso, es muy reciente, y esto hace que nos atrevamos a hablar más que de crisis de la crítica de arte, de la crítica de arte como herramienta de crisis.

El crítico de arte es un zapador, su tarea es, muchas veces, tender puentes, abrir caminos, enfrentar lo desconocido, lo novedoso, el artefacto en su fase más explosiva. El crítico, sin que tenga que ser Sancho Panza —pongamos al más dotado y capacitado de los críticos de arte—, debe habitar profesionalmente en una suerte de ínsula de Barataria en la que tiene que juzgar de inmediato “delitos” que no están tipificados.

¿Que puede equivocase?, por supuesto que puede. De hecho, existen movimientos artísticos, totalmente legitimados, cuyos nombres fueron dados por críticos de arte con una intención peyorativa. Es el caso del impresionismo, nombrado así a raíz de una crítica muy cáustica que le hiciera el crítico francés Louis Leroy a la primera exposición de este movimiento. 



Imagen 1. Impresión, sol naciente, Claude Monet. Fuente: 3minutosdearte

Más allá estaría esa como seña de identidad de los grandes críticos de arte, que es su tendencia a escandalizar. Para que se tenga una idea: el teórico italiano Giovanni Battista Agguchi, que si no puede ser considerado todavía como el primer crítico de arte sensu stricto, al menos debe situársele entre los precursores de esa larga tradición de críticos escandalosos y epatantes, tal vez para molestar al también teórico italiano Bartolomeo da Marsiglia, admirador ferviente de Leonardo Da Vinci, decía que el mural La última cena era demasiado edulcorado, manipulador, y que le sobraban por lo menos ochenta centímetros de pared.


Imagen 2. La última cena, Leonardo da Vinci. Fuente: Painting planet

Sin embargo, este es el riesgo que todo crítico de arte debe enfrentar. Partiendo del hecho de que ninguna lectura, ninguna activación del mecanismo de significación, de producción de sentidos, de una obra artística lo agota, debemos convenir que el crítico de arte no está destinado a descubrir su código definitivo, su lectura final (lo cual, por cierto, sería la muerte del artefacto: incapaz de generar nuevos sentidos se apagaría), sino a procurar una lectura contextualizada. La sucesión de interpretaciones, en el tiempo y en el espacio, no habla tanto de desfiguraciones de la obra como de diferentes activaciones de su mecanismo de producción de sentidos. Esto, cuando no se trata, simplemente de desatinos, es decir, de sentidos que no apelan a códigos presentes en la obra artística. Pero no se trata, ni exclusiva ni finalmente, de una función exegética, no, el objetivo final del crítico, de la crítica, es legitimar el estatus estético de una obra de arte en un determinado momento.

Repito, a diferencia del historiador de arte, el crítico de arte tiene que lidiar con lo desconocido. Y esta inmediatez hace que la crítica sea siempre subjetiva. Como dijera Nicos Hadjinicolaou, “lo que caracteriza a la buena crítica de arte es que está consciente de que es parcial”.

Otra cosa muy sintomática que está sucediendo es la reacción de los llamémosles críticos de arte “tradicionalistas” frente a la aparición de un discurso crítico diferente en los nuevos medios de comunicación. Se trata de una resistencia muy similar, mutatis mutandis, a la que le hicieran, por ejemplos, los artistas a los críticos en el siglo XVIII. En una época en la que se habla incansablemente del pensamiento crítico, paradójicamente se decide la defunción de la crítica de arte, y lo que es peor, su inutilidad. ¿Acaso tanto cacareo acerca de esta muerte tiene un propósito torcido? Porque resulta sospechoso que se hable tanto del pensamiento crítico en el ámbito de la producción y se escamotee en el de la recepción.  

Las preguntas entonces serían: ¿Sigue cumpliendo la crítica de arte contemporánea una función social? Y si la cumple, ¿ha cambiado su función social original —mediadora, legitimadora—? Y si ha cambiado, ¿en qué consiste su nueva función social?, ¿cuál es el rol del crítico de arte en los momentos actuales?

BIBLIOGRAFÍA

Calle, R. (2012). A propósito de la crítica de arte. Teoría y práctica. Cultura y política. Valencia, España: Universidad de Valencia.
Calvo, F. (2001). Naturaleza y misión de la crítica de arte. Madrid, España: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Eagleton, T. (1999). La función de la crítica. Barcelona, España: Editorial Paidós.
Elkins, J. (2003). What Happened to Art Criticism? Chicago, USA: Prickly Paradigm Press.
Elkins, J. y Newman, M. (2008). The State of Art Criticism. Nueva York-Londres: Routledge.
Gamboni, D. (1991). Critique et art. Paris, France: CDU-SEDES.
Guasch, A. M. (2003). La crítica de arte. Historia, teoría y praxis. Barcelona, España: Ediciones del Serbal.
Guasch, A. M. (2008). Entrevistas sobre arte y pensamiento actual. Murcia, España: CENDEAC.
Hohendahl, P. (1982). The Institution of Criticism. Ithaca, USA: Cornell University Press.
Schvalberg, C. (2014). Dictionnaire de la critique d’art à Paris, 1890- 1969. Rennes, France: PUR.
Torre, I. (2007). Crítica y críticos: reflexiones sobre la crítica de arte. Sevilla, España: Vetulonia.
Torre, I. (2012). Aproximación a la crítica de arte. Definiciones, metodologías, problemáticas, debates y sinergias de una disciplina contemporánea en la frontera. Tenerife, España: Universidad de la Laguna.
Venturi, L. (1979). Historia de la crítica de arte. Barcelona, España: Gustavo Gili.

Autora:  Mgtr. Odalis Falcón Sánchez

Afiliación: MCA Business & Postgraduate School, EE. UU

Copyright © 2020 MCA Business and Postgraduate School - Todos los derechos reservados